La moda rápida se consolidó en las últimas décadas como un
modelo de negocio basado en la producción acelerada de prendas de bajo costo
que replican tendencias y llegan rápidamente a los comercios. Este sistema
permite a los consumidores acceder a una gran variedad de ropa a precios
accesibles, pero tiene un fuerte impacto ambiental que suele pasar
desapercibido.
Según datos de Earth.Org, la industria de la moda es
responsable de aproximadamente el 10% de las emisiones globales de carbono y es
la segunda mayor consumidora de agua a nivel mundial. Para fabricar una sola
camiseta de algodón se necesitan cerca de 700 galones de agua, mientras que un
par de jeans requiere alrededor de 2.000 galones.
Uno de los principales problemas ambientales está vinculado
al proceso de teñido y acabado de los textiles, considerado el segundo mayor
contaminante de agua del mundo. En muchos casos, los residuos líquidos con
productos químicos se descargan en ríos y arroyos, afectando ecosistemas y
comunidades cercanas.
El uso de fibras sintéticas como el poliéster, el nailon y
el acrílico agrava la situación. Estas telas tardan cientos de años en
degradarse y, al ser lavadas, liberan microplásticos que terminan en los océanos.
Se estima que el 35% de los microplásticos presentes en el mar proviene del
lavado de ropa sintética.
Además, el ritmo acelerado de producción y consumo genera
enormes volúmenes de residuos. Cada año, el 85% de los textiles termina en
vertederos, y el consumo de prendas se multiplicó en las últimas décadas. En
promedio, una persona desecha decenas de kilos de ropa por año.
El impacto de la moda rápida no es solo ambiental, sino
también social. Gran parte de la producción se realiza en países en desarrollo,
donde predominan salarios bajos, condiciones laborales precarias y escasa
regulación ambiental. Casos como el derrumbe del edificio Rana Plaza en
Bangladesh evidenciaron los riesgos que enfrentan millones de trabajadores del
sector.
Frente a este escenario, surge la moda lenta como una
alternativa que promueve una producción responsable, el uso de materiales
sostenibles y un consumo más consciente. Comprar menos, reutilizar prendas,
optar por ropa de segunda mano o alquilar vestimenta son algunas de las
prácticas que ayudan a reducir el impacto ambiental.
Especialistas coinciden en que el cambio también depende de
los consumidores. Reducir el consumo impulsivo y priorizar la calidad por sobre
la cantidad es una de las formas más efectivas de disminuir el daño ambiental
de la industria de la moda.